"La noche en un hospital, puede tener el mismo peso que sus habitantes"
Otra noche. Subís al
bondi, el mismo olor a gente cansada y metal viejo. Mirás por la ventana, la
ciudad es un bicho que no duerme. La estación, un vómito de luces y de sombras.
Bajás, te encendés un pucho. El humo te raspa la garganta, pero te despierta.
La humedad de la calle se te pega a la ropa fría.
Entrás al hospital. El aire
es denso, mezcla de humedad y desinfectante barato. Las paredes, siempre la
misma pintura descascarada, y los fluorescentes que parpadean sin ganas.
Te ponés el ambo, sentís que la etiqueta te irrita
la piel. Marcás tarjeta, otro día más, otra noche. Caminás por el pasillo y te
encontrás con la Dora.
Le dicen "la dueña
de la noche" pero no por cariño. Esos ojos opacos. Ella maneja la
enfermería de la planta baja. Acá, la Dora es un muro. No te mira a la cara si
no quiere. Vos la ves moviéndose lenta entre las camas.
No es que decida si vivís o morís, eso suena a
película. Pero acá, en este purgatorio de sábanas sucias, ella te da la
pastilla para que duermas y no molestes, o te deja ahí, solo, mascando el
miedo, escuchando tu propia respiración agitada en la oscuridad.
La veo pasar con la carpeta bajo el brazo. Yo también
estoy de guardia, pero ella parece más despierta que todos. Anota rápido, como
si las cifras fueran secretos. El pasillo se estira y yo la sigo con la mirada.
Hay rumores entre el personal más antiguo sobre un amorío, un embarazo, una
golpiza que terminó en aborto. Y un director médico que no fue investigado, lo
trasladaron a una clínica privada del centro con el mismo cargo. Seguro que
hicieron zafar al tipo. Todo eso me da un poco de lástima. Se ve que algo
hubo, por eso me la banco.
La guardia se arrastra con el goteo del techo. Yo
anoto lo mío; la Dora anda con la carpeta, como si fuera un arma. No sonríe:
ordena, hasta el silencio parece obedecerle. El pasillo se vuelve más largo
cuando ella pasa. La noche se estira, pesada, como si ella la
sostuviera.
No hablamos: las palabras pesan y tenemos que concentrarnos en ignorar esos llantitos que
vienen del patio interno, o en las puertas que se cierran solas. Dicen que por el
viento.
N. González Núñez
2014/2025
Crédito animación: IA
Licencia Commons
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