Variación para una sombra


“Hay caricias que no buscan consuelo,
solo el instante exacto en que dejamos de resistir.”


 

Estaba en el boliche para hacerle el aguante a su hermana a pesar del cansancio. Tal vez por eso mismo, se le cruzó la letra de un tango, de esos que dicen que el corazón se rompe justo cuando llega la madrugada.

Hacía tiempo que no tomaba. El alcohol lo hacía sentir raro.

Todo estaba bien. Andrea, la amiga de Claudia, se había sentado con él en el único sofá del local. Casi no hablaba. Tenía un vaso de gaseosa en la mano y marcaba el ritmo con el pie.

En la pista sonaban cumbias enganchadas y los cuerpos se movían dejándose llevar como si nada importara.

De repente, unas manos suaves le taparon los ojos. No fue Andrea. Estaba al lado. No parecía haber visto nada.

Sebastián intentó agarrarlas, pero no había nada. En ese momento cambió la música, alguien se rió fuerte y, lo que fuera que pasó, se borró como si nunca hubiera estado.

Un rato después, en el baño, mientras se mojaba la cara, las manos volvieron.

Llegaron desde atrás y lo envolvieron en un abrazo cálido. Se quedó quieto.

En el espejo no había nadie. Solo una sombra tenue que se deshacía contra los azulejos.

Sin embargo, el abrazo no había sido cualquier cosa. Lo sintió demasiado.

—¿Qué me pasa? —murmuró, apenas.

Sacudió la cabeza. No. Eso no podía haber existido.

Mejor salir un rato. Cruzar al bar. Tomar un café bien cargado. Volver a poner las cosas en su lugar.

Se disculpó con Andrea y se abrió paso entre la gente. Al salir se encontró con la quietud de la noche del barrio.

Más allá de los edificios bajos, las estrellas temblaban en su huida hacia el oeste. Respiró profundamente. Caminó un par de metros a lo largo de la vereda antes de cruzar la calle.

Allí, eso, volvió a acercarse. Esta vez su tibieza, olor y dulzura se espesaron. Quizás llevaba demasiado tiempo sin que alguien lo tocara así. Sintió una necesidad antigua de entregarse, y lo hizo.

La sombra desplegó a su alrededor unas alas suaves. Lo envolvió por completo, acrecentando su deseo.

Cuando quedó rendido mezclando aliento y latidos, lo soltó. Un frío repentino, un ahogo lleno de angustia y el “¡Dios mío!” del aterrorizado, se mezclaron en el último instante.

Se quedó allí, tirado en el medio de la vereda, con los ojos muy abiertos. Mientras, la noche recuperaba el silencio.

Algo se desprendió de él con una risa seca, satisfecha. Entre las sombras de los árboles, unas alas que ya no eran suaves se plegaron sin apuro. Luego, la oscuridad volvió a ser solo oscuridad, y el mundo siguió andando.


N.González Núñez
Año 2012
Ilstración Crédito IA
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