Replicantes.

“Somos miles. Y, sin embargo, cada chispa arde distinta.”
Avanzaban en orden y a gran velocidad. Debían llegar al objetivo programado décadas atrás, en el momento justo. Atravesaron tierra arrasada. Detrás de una colina polvorienta, encontraron la pradera artificial que terminaba en los barracones y la pista del aeródromo. M3200 bajó la mirada sin dejar de correr. Percibía las vibraciones del planeta desde la suela de los botines hasta el cabello violáceo alborotado por el viento. Una sutil corriente la recorrió íntegramente, como la euforia. Era una más entre miles y, sin embargo, pensó: “Sí, soy yo, tan viva y única como ustedes”, mientras abarcaba con su mirada las otras tres mil novecientos noventa y nueve super soldados femeninas de la compañía. Marchaban junto a los batallones H que las precedían. Serían la última barrera de protección a los humanos que sobrevivían entre la frágil Tierra y las colonias marcianas trabajosamente construidas. Bajaron la colina como un enjambre colorido. Un clic en su cabeza la mantenía en la posición exacta, justo a tiempo para ver la enorme flota que aparecía desde la negrura del espacio, pronta a conquistar la Tierra y sus colonias. Los invasores descendieron sobre Marte y arrasaron con los cientos de humanos, la flora y fauna cuidadosamente implantadas y el batallón H entero. Sólo quedaron las replicantes, en estado de suspensión e invisibilidad. Cuando la brutal marea se detuvo, triunfante, el programa de exterminio se activó. La orden de ataque se encendió como fuegos artificiales en los circuitos de las replicantes. Al unísono rompieron a cantar un himno metálico de batalla, mientras se dispersaban e infiltraban entre los invasores gigantes. Se sintieron más vivas y hermanadas que nunca; tal vez ese fuera el premio de los creadores. Las órdenes fluían parecidas a sentimientos de gloria, derramadas desde sus conexiones inteligentes. Un sonido que recordaba el zumbido de las abejas, alegre y feroz, resonó por toda la colonia mientras las replicantes resplandecían, y se activaban las bombas neutrónicas guardadas en su interior. Desde los observatorios de la Tierra se pudo ver cómo estallaba en la superficie de Marte un hongo de fuego y polvo radiactivo que lo destruía todo. Era lo que, una vez más, les permitiría sobrevivir y recomenzar de cero antes de que llegara la próxima oleada de invasores.