Crónicas de la cocina
Alicia.
Apagó la alarma de las seis y media. Se levantó.
Las pantuflas, el baño, el café… la rutina de siempre. El espejo le devolvió
una cara armoniosa y unos ojos grandes y oscuros detrás de los lentes. La noche
anterior había dejado todo listo. No quería sorpresas, menos un viernes con
pocas provisiones. Por eso ni siquiera leyó los mensajes de la noche anterior.
Por si acaso. No quería saber nada de su hermana mayor. Tampoco de María.
Frunció el ceño. No entendía cómo esa mujer podía
seguir tan atada a su familia y permitir que eso casi arruinara su trabajo. Compartían
el trabajo en la cocina de la escuela, algo que ni siquiera les gustaba.
Espantó el fastidio con un gesto.
Antes de salir echó un vistazo a su alrededor. La
carpeta con los viejos documentos sobre la inscripción al profesorado
sobresalía un poco entre los libros de la biblioteca. Con veintinueve años ya
tendría que estar ejerciendo. Pero las cosas “a veces no son como una desearía”
se dijo.
Salió. Después de caminar un par de cuadras vio
pasar a Marcelo en su auto; iba con Lucas. No supo si no la vio o la ignoró.
Sintió un golpe de melancolía. Cinco años desde la ruptura y todavía dolía. Lo
peor: él en pareja, ella sola. A veces se mandaban mensajes. Después de tanto,
nada más.
Se ajustó la campera y apuró el paso. Le gustaba
entrar antes que sus compañeros. Sonrió apenas.
En el vestidor la esperaban el dental y la cofia.
Colgó la campera que exhalaba el aroma limpio del Pure Musk, y se estremeció
con la corriente de aire que entraba por la puerta entreabierta. Hizo un par de
movimientos (más bien simbólicos) de precalentamiento y salió con su paso
rápido rumbo a la cocina. Entrar primera la hacía sentirse más segura. Tal vez
irremplazable.
Al llegar,
el frío de mayo se coló sin permiso por la ventana entreabierta, agitando las
cortinitas cuadrillé. Pero ella prefería ese aire helado al olor metálico de la
carne enlatada que acababa de abrir. Sobre la mesada de acero, el bol celeste
esperaba las zanahorias que coronarían el arroz amarillo. Sus cortes eran
rítmicos, exactos. Un poco obsesivos, como sus pensamientos.
Diez minutos más tarde, entró María. Alicia no
detuvo el cuchillo, sólo miró el reloj de pared.
María.
Otro viernes en la cocina de la escuela.
Justo al
entrar, María leyó el mensaje de su cuñada:
La Marita levantó fiebre. Comprale algo por el camino y venite antes. A la
una me voy a lo de Chela.
Contestó Bueno y sintió que las manos le
temblaban un poco.
No tenía un fondo de emergencia. La semana anterior
le había pedido unos pesos a Luis. Se los dio, pero con una advertencia:
—Se me rompió la heladera y tengo que comprarle
zapatillas a mi nene.
Como si Marita no fuera su hija también. Hijo de
puta.
Pero la bronca nunca salía. Se quedaba ahí, atrapada
en la cabeza. Siempre el mismo miedo: no poder sola con todo. Y entonces
aguantar.
Serían como las diez de la mañana. Un sol alegre se
colaba por las cortinas cuadrillé de la ventana. Alicia puso las zanahorias
picadas en un bol celeste,
concentrada como si el mundo pudiera ordenarse a
fuerza de paciencia.
María se acercó despacio y le tocó el brazo.
—Alicia… me tengo que ir doce y media. Mi cuñada no
puede quedarse con la nena hasta que yo llegue.
Alicia levantó la vista.
—Es la tercera vez en el mes —dijo—. Al final me
quedo sola para todo.
María se retorció las manos. Entendía cómo se veían
las cosas desde afuera.
—Mi hermano … es sólo por parte de padre —explicó—.
La Silvana ni tiene porqué cuidar a mi hija.
El agua para el arroz empezaba a hervir. El vapor
subía lento hacia los vidrios.
María volvió a su mesa y empezó a pelar papas.
Pensó en la casa del fondo. Las piezas viejas, el
olor a humedad que nunca se iba del todo.
Pensó en Matías, once años, y ya ayudando algunas mañanas
en la verdulería para traer unas monedas. Después corría a la escuela de la
tarde.
Y la Marita. Tres años. Muy chiquita todavía. A
veces Matías trataba de cuidarla un rato, pero ella sabía que no era lo mismo.
El celular vibró otra vez.
No te olvides del jarabe, decía Silvana.
María apretó el aparato en la mano. Cada favor
pesaba como una deuda.
Daniel trabajaba en una fábrica, ayudaba cuando
podía. Pero el padre estaba lejos, en el norte, y esa distancia hacía que todo
se sintiera más frágil. A veces María tenía la sensación de vivir prestado.
Las papas peladas dejaban diluir el almidón en el
agua de enjuague.
Cada mañana era una carrera contra el tiempo.
Llegar al trabajo, cumplir, volver antes de que alguien se cansara de ayudarla.
Miró el
reloj. Las agujas parecían moverse más rápido de lo normal. Pensó en el camino
de vuelta.
Pasar por
la farmacia. Preguntar si podían fiarle el jarabe. Correr hasta la casa. Ver si
la fiebre había bajado.
Y, sobre todo, pedirle a Alicia que la cubriera
para salir un rato antes.
En la olla grande, el arroz empezaba a espesar.
Alicia revolvía con la cuchara de madera. La cocina olía a cebolla frita y a rabia.
Afuera, en el patio, los chicos gritaban en el
recreo. La escuela seguía su ritmo de siempre.
Pero el mundo de María era otra cosa. Urgencia. Siempre
urgencia.
Volvió a mirar el reloj. Las doce y media se
acercaban.
Marcelo.
Marcelo se enfundó en el jogging y las
zapatillas deportivas. Era muy temprano. En la cocina todavía flotaba el olor
tenue del café que Lucas había dejado preparado antes de salir de la ducha. La
casa estaba en silencio.
Lucas apareció despeinándose con una toalla.
Mientras calentaba la cafetera eléctrica, Marcelo
hojeó la agenda que había quedado abierta sobre la mesa. El entrenador del
Midland iba a explicar la táctica para el partido del domingo contra los
archirrivales y, antes de salir del club, tenía que llamar a su socia para
revisar unas cuentas de la tienda deportiva.
Hacía poco más de un año que vivían juntos. La
vida con Lucas tenía algo de descanso después de una larga pelea contra sí
mismo. A veces le parecía extraño haber llegado tan lejos: el club, el negocio,
la tranquilidad de una casa compartida.
Mientras desayunaban, Lucas revisaba mensajes en
el celular.
—Mi hermana dice que ya está todo listo
—comentó—. Lo de la charla.
Marcelo asintió. Liliana trabajaba en una
escuela, y se había entusiasmado con la idea de que él diera una charla a los
chicos sobre disciplina deportiva y trabajo en equipo.
—Va a estar bueno —dijo Lucas—. Los pibes se
copan con esas cosas.
Marcelo sonrió apenas. Todavía le resultaba
extraño entrar en ese tipo de lugares como quien era ahora, sin esconder nada.
Poco después, salieron.
El auto olía a cuero nuevo y al perfume suave que
Lucas usaba desde siempre. Afuera, el frío de mayo empañaba los vidrios.
Marcelo miraba distraídamente las veredas que pasaban detrás del vidrio.
Cuando doblaron la esquina de la escuela, la vio.
Alicia caminaba rápido, ajustándose la campera contra el viento. Marcelo
reconoció el paso antes incluso de verle la cara. Siempre caminaba como si
llegara tarde, aunque los dos sabían que llegaba antes que nadie.
No supo si ella lo vio. Él prefirió no saludar.
Cinco años habían pasado desde la ruptura. No era
tanto tiempo y, sin embargo, pertenecía a otra vida.
Alicia había sido parte de un tiempo complicado.
Marcelo todavía jugaba en divisiones menores del club, y el miedo a que alguien
descubriera la verdad lo acompañaba como una sombra. Salir con ella había sido,
al principio, una manera de ordenar ese miedo.
Una tapadera, sí. Pero no solo eso.
Habían salido, viajado, compartido noches largas
de conversación y también silencios cómodos. Alicia tenía una forma muy
particular de poner orden en todo: en los horarios, en las cosas de la casa,
incluso en los sentimientos.
El pequeño escándalo que casi había estallado
cuando todo se supo en el club, terminó diluyéndose discretamente. Pero el daño
ya estaba hecho. La relación con Alicia se quebró, y ahora cada uno tenía su
vida.
Entró a
la escuela como quien es realmente, pero el olor de la cocina lo arrastró de
nuevo a esos años de silencio.
El viernes.
Marcelo pidió un vaso de agua antes de entrar al
salón de actos.
Liliana señaló la puerta de la cocina.
—Ahí te van a dar.
Marcelo empujó la puerta sin pensar demasiado.
Adentro, dos mujeres trabajaban en silencio. El
aire estaba cargado de vapor y de algo más.
Alicia levantó la vista. Por un instante ninguno
de los dos dijo nada.
Marcelo sintió que el pasado entero se comprimía
en ese espacio mínimo entre la mesa de trabajo y la puerta.
Entonces notó a la otra mujer. Tenía los ojos
bajos y apretó las manos contra el delantal.
Algo en su postura —la vergüenza, tal vez, o el
cansancio— le resultó reconocible, aunque no supiera por qué.
Las palabras que siguieron no eran para él, pero
lo atravesaron igual.
—Pero tengo que irme antes de las doce y
media, Alicia.
—Es la tercera vez en
el mes —dijo Alicia sin dejar de revolver la olla.
La otra mujer murmuró algo sobre su hija enferma.
Marcelo entendió lo suficiente.
Observó a Alicia, su gesto tenso, la forma en que
el orden de la cocina parecía ser lo único firme en ese momento.
Y de repente pensó que conocía ese gesto. Lo
había visto muchas veces: la necesidad de que todo encajara, de que nada
rompiera el equilibrio.
Se acercó un poco.
—A veces el orden no es lo más importante, Ali
—dijo con suavidad—. Dejala ir.
La mujer levantó la cabeza por
primera vez. Marcelo no sabía su nombre, pero pudo ver el alivio inmediato en
su cara.
—Yo me quedo a darte una mano con
el arroz si hace falta.
El
silencio se hizo más pesado que el vapor de la olla.
Alicia lo miró. Había bronca en
esa mirada, pero también algo más difícil de nombrar.
La otra mujer se sacó el delantal
y salió de prisa, casi corriendo. Urgencia. Siempre urgencia. Pero alguna vez
las cosas cambiarían, tal vez poder salir sin seguir discutiendo le había
alivianado un poco el alma.
Marcelo se quedó un rato en la
cocina. El ruido
de los chicos en el patio llegaba desde afuera.
Liliana lo llamó y, antes de irse, apoyó una mano
breve sobre el hombro de Alicia.
—Nos vemos, Ali.
Ella no respondió. Marcelo salió hacia el pasillo,
donde Liliana lo esperaba.
Mientras caminaba detrás de ella, pensó que algunas
historias no terminaban nunca del todo. Solo cambiaban de lugar dentro de uno.
Cuando terminó la jornada, Alicia volvió a su
casa más despacio que de costumbre.
Dejó las llaves sobre la mesa del comedor.
La carpeta estaba ahí. Las planillas del
Profesorado seguían guardadas como si el tiempo hubiera quedado detenido entre
esas hojas. Pensó en María corriendo hacia el colectivo. Pensó en Marcelo,
tranquilo, sosteniendo la cuchara de madera como si no pasara nada.
Abrió la carpeta. Las hojas crujieron un poco al
desplegarse. No las guardó de nuevo. Las dejó abiertas sobre la mesa, como una
posibilidad que se había dejado de lado hacía demasiado tiempo.
El lunes —pensó—voy a llegar a la escuela igual
que siempre.
Pero por primera vez iba a salir antes porque la
inscripción era sólo hasta las doce.
N. González Núñez 2026
Imagen crédito IA
Mariana Arocena
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