Dejó la cartera y las carpetas sobre el escritorio. Un pensamiento recurrente
la atravesó: pronto cumpliría cuarenta años y seguía sola.
Faltaba un rato para que llegaran los alumnos; eran del último año de
secundaria. A esa hora, buscaba los acertijos que hicieran que su clase de
Matemática fuera más interesante.
Cuando
llegaron se puso de pie para recibirlos. Pasó lista, tomó una prueba de nivel
y, cuarenta y cinco minutos después, los despidió con indicaciones sobre la
tarea.
Antes de irse encontró, apoyado en un costado del pizarrón, un sobre que no
había notado. Algún alumno había dejado una nota.
En el papel decía: “Si dos cuerpos que se atraen no se tocan, ¿se altera algo
en ellos?” No tenía firma.
Esa
noche, Angélica no cenó. Se sirvió media copa de agua mineral y se sentó frente
al papel del acertijo. Lo miró como si fuera una carta de amor escrita en
código. No sabía si quería resolverlo o dejarlo sin respuesta.
Escribió una frase en el margen del papel: “La incógnita no siempre busca
solución.” Luego cumplió con su breve ritual nocturno, se acostó y apagó la
luz. Guardó el rosario debajo de la almohada, como una variable sin definir.
No pudo
dormir. El acertijo la llevó a su única revolución amorosa: los besos que la
habían dejado temblando a los dieciocho. Luego la burla de Tomás, que al otro
día apenas la saludó. Se sintió avergonzada; sabía que era el hazmerreír de la
escuela y se volvió más esquiva y cerrada.
Aunque esos besos atrevidos la habían sacudido, se concentró en el estudio. Se
sintió casi feliz cuando obtuvo las notas más altas y su padre dijo que la
enviaría a estudiar a Buenos Aires. El domingo anterior a su viaje fue a misa,
sola con su madre. Esa madre que solamente podía temer y adorar a Dios y a su
marido, el coronel Antúnez. Sería por eso que nunca la extrañó.
Años
después, sus padres murieron en un accidente; viajó para el velatorio. Un
abogado se hizo cargo de la herencia, y ya no tuvo motivos para volver a San
Lucas.
La matemática fue su refugio. Aprender y dedicarle su tiempo era como un faro, una
luz que la guiaba. Aunque a veces, al ver parejas abrazadas en la calle, sentía
un tirón que no sabía si era rechazo o envidia.
Lo cierto es que jamás daría el primer paso. No era digno de una mujer
—pensaba— y menos de una buena cristiana. Si ese fuera su destino, Dios lo
pondría en el momento y lugar adecuados. Era una súplica que hacía cada domingo
en la misa. Pero aún no había recibido respuesta, y la amargura reemplazaba a
la esperanza.
El lunes
tenía un acertijo para la clase; esperaba que alguien lo resolviera. Sabía que
algunos de ellos lo disfrutaban.
—Anoten este acertijo y resuélvanlo para el miércoles —dijo, y les dictó:
“Hay tres cajas cerradas. Una solo contiene naranjas, la otra solo manzanas y
la otra una mezcla de manzanas y naranjas.
Las etiquetas dicen “Manzanas”, “Naranjas”, “Mezcla” … pero están mal
etiquetadas. Si se saca solo una fruta, de una sola caja, ¿cómo saber qué
contiene cada caja?”
El
miércoles unos cuantos alumnos llevaron la respuesta correcta. Algunos
seguramente tuvieron ayuda de sus compañeros para poder resolverlo. Sonrió para
sus adentros; la lógica no solía ser el fuerte de los adolescentes. Oh, bien lo
sabía.
Recorrió la clase con su mirada intimidante, agrandada por los gruesos anteojos
de marco negro. Inspiraba cierto temor. No había bromas en su clase.
Finalmente,
Ariel, un pelirrojo de voz nasal, fue el encargado de leer en voz alta la
respuesta. Era correcta. Un murmullo de aprobación recorrió el aula.
Cinco minutos antes de que sonara el timbre, se acercó un chico alto y tímido.
—Profesora, ¿pudo descifrar el acertijo que le dejé el primer día de clases?
¿Usted cree en el amor?
—Creo en la consistencia interna de los sistemas —respondió Angélica con
cautela, tratando de encontrar algún vestigio de trampa o burla en el planteo.
—¿Y si el sistema está roto?
—Las matemáticas no toleran la frivolidad. Su pregunta parece requerir más una
metáfora que una respuesta lógica.
Le
contestó con brusquedad. Se había puesto nerviosa; no quería continuar con el
tema.
Cuando
llegó a su pequeño departamento, se obsesionó con las palabras que habían
disparado sus recuerdos. La conectaban con su negativa a amar a pesar del deseo
y flotaban dentro de ella como fragmentos de sentimientos deshilachados.
“No todos los acertijos tienen respuesta. Algunos solo esperan que alguien los
piense”, se dijo.