Los días que siguieron la encontraron distraída y malhumorada a la vez. Ya no disfrutaba de la previa al comienzo de las clases y solo proponía acertijos estándar o repetidos, de tanto en tanto.
Su nueva actitud generaba extrañeza, más en sus colegas que en los alumnos. La versión más firme fue que estaba estresada. La broma maliciosa a sus espaldas siempre era la misma: “esa solterona” … Los más atrevidos murmuraban otras cosas en voz baja.
Los
impulsos no avisaron: Angélica decidió que ya había tenido bastante y pidió los
días de licencia que no se había tomado. Al principio se quedó en casa mirando
la lluvia y comprando comida hecha, para no moverse del sofá. Pero un día sintió
que algo en ella se revolvía pidiendo un cambio.
Fue a la peluquería y se hizo un corte que devolvió el pelo a sus
hombros; cambió el marco de los anteojos y como corolario, sacó un pasaje en
tren a su San Lucas natal. El rosario envuelto en una servilleta quedó en el
cajón de la mesa de luz.
Tomó el
tren. Afuera, el paisaje la arrancó de su rutina de un tirón.
San Lucas mantenía el aire adormecido que tienen los pueblos donde nunca pasa
nada. Bajó del tren con su pequeña valija y por un breve momento, pensó en la
adolescente miedosa que quería ser invisible. El andén olía a madera húmeda.
Tomó el único taxi que había en la estación; al bajar frente a la plaza, el
aroma a pan recién horneado le cambió el ánimo. La iglesia y los árboles
parecían más bajos que en su memoria.
Después
de registrarse en el hotel, bañarse y descansar, salió a caminar. Pasó por su
antigua casa, el cine, la escuela. Todo parecía igual. Sin embargo, sus ojos
percibían las pequeñas diferencias: un baldío, una casa nueva, algún negocio
que antes no estaba. Nada raro, y sin embargo…
Sintió sed y entró en un almacén para comprar una botella de agua. Se quedó
inmóvil cuando lo vio.
Tomás estaba detrás del mostrador, con el cabello gris y los mismos ojos
claros. Él tardó unos segundos en reconocerla; cuando lo hizo, sonrió con
torpeza.
—Angélica… —dijo como si pronunciara un nombre que había guardado a través del
tiempo.
No
hablaron del pasado. Después de un rato, caminaron juntos por las calles
familiares y nuevas al mismo tiempo. Tomás estaba divorciado, vivía solo en una
casa sencilla en las afueras del pueblo. Cuando la invitó a cenar, ella apenas
dudó un instante.
Los días siguientes se volvieron un paréntesis: el café en la galería, las
sonrisas que nacían sin esfuerzo, las miradas curiosas que ya no tenían
importancia ni significado.
Una tarde, mientras el sol bajaba detrás del campanario, Tomás le rozó la mano.
No hubo palabras. Angélica se dejó llevar con la calma de quien ya no le teme
al fuego.
Esa noche
no rezó. Se dejó guiar por el deseo, sin pedir permiso a Dios ni al recuerdo
del coronel. Por primera vez en años, la lógica no tenía dominio sobre ella.
Duró poco. Tres días, tal vez cuatro. Lo suficiente para que ella sintiera que
algo había cambiado. Cuando Tomás le habló de volver a verse, de visitarla en
la capital, sintió que la historia debía terminar allí. No quería cambiar la
vida que había elegido.
Al
amanecer preparó café, y dejó una hoja doblada sobre la mesa. No escribió su
nombre, ningún dato. En 1962, desaparecer era posible. Y a veces, necesario.
“Si dos cuerpos que se atraen se tocan, cambian para siempre.” Él entendería.
Tomó el primer tren. Afuera, los campos se estiraban bajo un sol pálido y el canto de los pájaros. Angélica apoyó la frente contra el vidrio y cerró los ojos. Por primera vez en su vida, se sintió verdaderamente libre.
