Angélica (Parte 1)



“La lógica es apenas un velo sobre el deseo.”




Cuando entró al aula, la recibió el olor de la tiza. En los vidrios se reflejaba su figura alta, el pelo tirante, el trajecito gris que cubría el rosario en su muñeca.

Dejó la cartera y las carpetas sobre el escritorio. Un pensamiento recurrente la atravesó: pronto cumpliría cuarenta años y seguía sola.
Faltaba un rato para que llegaran los alumnos; eran del último año de secundaria. A esa hora, buscaba los acertijos que hicieran que su clase de Matemática fuera más interesante.


Cuando llegaron se puso de pie para recibirlos. Pasó lista, tomó una prueba de nivel y, cuarenta y cinco minutos después, los despidió con indicaciones sobre la tarea.
Antes de irse encontró, apoyado en un costado del pizarrón, un sobre que no había notado. Algún alumno había dejado una nota.
En el papel decía: “Si dos cuerpos que se atraen no se tocan, ¿se altera algo en ellos?” No tenía firma.

Esa noche, Angélica no cenó. Se sirvió media copa de agua mineral y se sentó frente al papel del acertijo. Lo miró como si fuera una carta de amor escrita en código. No sabía si quería resolverlo o dejarlo sin respuesta.
Escribió una frase en el margen del papel: “La incógnita no siempre busca solución.” Luego cumplió con su breve ritual nocturno, se acostó y apagó la luz. Guardó el rosario debajo de la almohada, como una variable sin definir.

No pudo dormir. El acertijo la llevó a su única revolución amorosa: los besos que la habían dejado temblando a los dieciocho. Luego la burla de Tomás, que al otro día apenas la saludó. Se sintió avergonzada; sabía que era el hazmerreír de la escuela y se volvió más esquiva y cerrada.
Aunque esos besos atrevidos la habían sacudido, se concentró en el estudio. Se sintió casi feliz cuando obtuvo las notas más altas y su padre dijo que la enviaría a estudiar a Buenos Aires. El domingo anterior a su viaje fue a misa, sola con su madre. Esa madre que solamente podía temer y adorar a Dios y a su marido, el coronel Antúnez. Sería por eso que nunca la extrañó.

Años después, sus padres murieron en un accidente; viajó para el velatorio. Un abogado se hizo cargo de la herencia, y ya no tuvo motivos para volver a San Lucas.
La matemática fue su refugio. Aprender y dedicarle su tiempo era como un faro, una luz que la guiaba. Aunque a veces, al ver parejas abrazadas en la calle, sentía un tirón que no sabía si era rechazo o envidia.
Lo cierto es que jamás daría el primer paso. No era digno de una mujer —pensaba— y menos de una buena cristiana. Si ese fuera su destino, Dios lo pondría en el momento y lugar adecuados. Era una súplica que hacía cada domingo en la misa. Pero aún no había recibido respuesta, y la amargura reemplazaba a la esperanza.

El lunes tenía un acertijo para la clase; esperaba que alguien lo resolviera. Sabía que algunos de ellos lo disfrutaban.
—Anoten este acertijo y resuélvanlo para el miércoles —dijo, y les dictó:
“Hay tres cajas cerradas. Una solo contiene naranjas, la otra solo manzanas y la otra una mezcla de manzanas y naranjas.
Las etiquetas dicen “Manzanas”, “Naranjas”, “Mezcla” … pero están mal etiquetadas. Si se saca solo una fruta, de una sola caja, ¿cómo saber qué contiene cada caja?”

El miércoles unos cuantos alumnos llevaron la respuesta correcta. Algunos seguramente tuvieron ayuda de sus compañeros para poder resolverlo. Sonrió para sus adentros; la lógica no solía ser el fuerte de los adolescentes. Oh, bien lo sabía.
Recorrió la clase con su mirada intimidante, agrandada por los gruesos anteojos de marco negro. Inspiraba cierto temor. No había bromas en su clase.

Finalmente, Ariel, un pelirrojo de voz nasal, fue el encargado de leer en voz alta la respuesta. Era correcta. Un murmullo de aprobación recorrió el aula.
Cinco minutos antes de que sonara el timbre, se acercó un chico alto y tímido.
—Profesora, ¿pudo descifrar el acertijo que le dejé el primer día de clases? ¿Usted cree en el amor?
—Creo en la consistencia interna de los sistemas —respondió Angélica con cautela, tratando de encontrar algún vestigio de trampa o burla en el planteo.
—¿Y si el sistema está roto?
—Las matemáticas no toleran la frivolidad. Su pregunta parece requerir más una metáfora que una respuesta lógica.

Le contestó con brusquedad. Se había puesto nerviosa; no quería continuar con el tema.

Cuando llegó a su pequeño departamento, se obsesionó con las palabras que habían disparado sus recuerdos. La conectaban con su negativa a amar a pesar del deseo y flotaban dentro de ella como fragmentos de sentimientos deshilachados.
“No todos los acertijos tienen respuesta. Algunos solo esperan que alguien los piense”, se dijo.


Sombrillas

 "A veces la única salida es aprender a caer."




Un hombre huye. Se encuentra con una equilibrista japonesa que lleva dos sombrillas de colores. Su cara está maquillada con polvo de arroz. Le pide ayuda con un gesto.

Ella lo mira y asiente. Le deja una sombrilla y, tomándolo de la mano, lo lleva por un pasillo estrecho hasta una larga escalera que sube y sube, hasta una ventana abierta a la nada.

Con una sonrisa se lanza al vacío, donde planea a merced del viento. El hombre ahoga un grito. Finas gotas de sudor perlan su frente. Sufre de vértigo. En la escalera se escuchan los pasos de los asesinos.


N. González Núñez - Año 2025

Crédito Ilustración: IA

Mi agradecimiento a Mariana Arocena González 

por las animaciones

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La cuidadora

 "Traía otro cielo en el cuerpo"

No sé si es él quien camina detrás de mí, podría ser cualquiera. Escucho sus pasos lentos, pero más largos que los míos. Si no tengo cuidado va a alcanzarme.

La noche nació hace dos horas y media. La callejuela es estrecha y la luna aún no la toca. Muere en un muro de grafitis: “¡Viva América Unida!”, “Pauli ama a Leo”. Hay dibujos obscenos y otros bellos: corazones sangrantes, soles imposibles, flores gigantes, rayas sin sentido.

Conozco el lugar exacto por donde puedo deslizarme a través del hueco de una cerca, hasta llegar a las calles más animadas del centro donde me será fácil perderme. Mi deber es evitar que me lo quiten, y no me lo quitarán. Hoy soy la clave de nuestro futuro. Y, sobre todo, soy su cuidadora.

Al pasar la cerca, un alambre oxidado me rasguña la pierna haciéndome sangrar. La sangre aún roja, como la de ellos. Arde. Quema, mientras me recorre íntegramente.

Debo apresurarme: el aire se vuelve irrespirable y me persiguen unos ojos. Pensará que soy su enemiga; si pudiera me detendría. Ni mi piel, ni mi cabello, ni las risas compartidas podrían detener su deseo.

Un dolor agudo en el costado izquierdo me hace detener por un momento. Mientras, veo con detenimiento las viviendas que me rodean. Tienen cercas, ventanas con cortinas y algunas, hasta juegos para niños. Pero mi niño nunca conocerá nada de eso, y pronto olvidaré todo lo vivido.

Llego a la calle principal entre el ruido del tráfico y las luces de los negocios que permanecen abiertos.

Hace frío. Me subo las solapas del abrigo y apresuro el paso. Me atrevo a mirar atrás y siento un gran alivio. Nadie me sigue... creo que he logrado mi propósito. En la estación de servicio puedo tomar un bus que me llevará hasta el lugar del encuentro.

Mientras el vehículo atraviesa el pueblo y se interna en campo abierto, trato de recuperar la noción de lo que estoy haciendo. Al menos sé que él sigue dentro de mí, siento sus latidos.

Afuera está tan oscuro que pego mi cara a la ventana para poder ver. Equivocarme sería ruinoso. Pero un poco más adelante, iluminado por los faros delanteros, está el pilar con la marca: kilómetro 165.

Me cuesta un poco ponerme de pie, apretar el botón de la puerta trasera para que la abran. Todo depende de que pueda llegar hasta el bosquecito de álamos. Es el último esfuerzo.

Me bajo y camino rápido. Mis pensamientos se confunden: voces, idiomas. Mi piel falsa se borra y reaparecen mis escamas azules.

Mi forma también cambia, pero lo esencial permanece: el fruto que guarda lo humano y lo que todavía buscamos ser.

Adelante, una pequeña luz plateada se agita en señal de bienvenida y la nave zumba en una frecuencia audible solo para nuestros sentidos. Ya somos libres. Tomaremos el camino a casa, trazado entre las estrellas, en el seno mismo del cielo inmenso...


N. González Núñez (año 2015)

Ilustración: Crédito IA

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