"La memoria también puede ser un arma"
Había
elegido caminar por el borde del río porque sabía que, con la amenaza de
tormenta, sería difícil toparse con alguien.
Entre los
cañaverales vio relumbrar los ojos pálidos de los guaks. Contó cuatro pares,
seguramente no atacarían. No, a menos que hubiera más merodeando en la niebla.
Los ojos
parpadearon y desparecieron. Unos gruñidos lejanos le confirmaron que podía
seguir su camino sin echar mano al viejo revólver.
En este
mundo la reencarnación era un hecho.
Y los
guaks eran la peor de las reencarnaciones: traían el karma de las almas
criminales. Animales repugnantes de más o menos un metro veinte de altura, que
se comunicaban a través de chillidos y voces de distintos tonos.
Sus
mayores habilidades eran el truco y el engaño. Al verse superados en poder, era
común que fingieran ser graciosos. Pero si superasen a sus víctimas en tamaño o
número, la situación se tornaba muy violenta.
Tanteó el
bolsillo húmedo de su chaqueta para confirmar que su diario, inofensivo hasta
esa misma mañana, seguía allí.
Hizo dos
tiros al aire como advertencia. Aun así, notó que otros se habían sumado a la
pandilla, lo que les daba valor para volver a acercarse.
Hizo un
gesto con las manos y las cejas. Uno de los guaks hizo una mímica, y todos los
demás se rieron.
Buscó un
árbol de tronco amplio para resguardar la espalda mientras buscaba la respuesta
entre sus páginas.
“Sólo
necesito leer mi diario. Luego volveré a la ciudad” pensó.
En las
últimas páginas iluminadas por la luz de la linterna, encontró una nota que no
recordaba: “La clave está en tus recuerdos”.
Se
concentró, se abstrajo del entorno y viajó dentro de sí mismo con los ojos
cerrados.
Recordó
en cámara rápida su vida pasada como un guerrero que juró proteger las fronteras
entre dos mundos. Así reconoció el mandato y el poder que se le habían dado.
Recitó
una oración poderosa y creció en estatura y luz. Los guaks no podían
resistirse.
Ya no se
reían. Habían reconocido al guardián.
La niebla
se disipó y una grieta se abrió en el aire.
Los guaks
se volvieron un ovillo de garras, pelos, ojos, insultos y chillidos, que fueron
atraídos, atrapados y expulsados en un abrir y cerrar de ojos.
Apenas el
último de ellos desapareció, los alrededores recuperaron la calma.
La
tormenta se disipó. El río siguió su derrotero de piedras y arena; la luna se
asomó y le sonrió desde lo alto.
El
guerrero podía estar en paz, mientras la rueda del destino lo permitiera.
Guardó en
su mochila el diario, el revólver y la linterna, y se volvió por el camino,
silbando bajito.
N. González Núñez
Año 2014
Animación crédito IA
Licencia Commons
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