Sombrillas

 "A veces la única salida es aprender a caer."




Un hombre huye. Se encuentra con una equilibrista japonesa que lleva dos sombrillas de colores. Su cara está maquillada con polvo de arroz. Le pide ayuda con un gesto.

Ella lo mira y asiente. Le deja una sombrilla y, tomándolo de la mano, lo lleva por un pasillo estrecho hasta una larga escalera que sube y sube, hasta una ventana abierta a la nada.

Con una sonrisa se lanza al vacío, donde planea a merced del viento. El hombre ahoga un grito. Finas gotas de sudor perlan su frente. Sufre de vértigo. En la escalera se escuchan los pasos de los asesinos.


N. González Núñez - Año 2025

Crédito Ilustración: IA

Mi agradecimiento a Mariana Arocena González 

por las animaciones

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La cuidadora

 "Traía otro cielo en el cuerpo"

No sé si es él quien camina detrás de mí, podría ser cualquiera. Escucho sus pasos lentos, pero más largos que los míos. Si no tengo cuidado va a alcanzarme.

La noche nació hace dos horas y media. La callejuela es estrecha y la luna aún no la toca. Muere en un muro de grafitis: “¡Viva América Unida!”, “Pauli ama a Leo”. Hay dibujos obscenos y otros bellos: corazones sangrantes, soles imposibles, flores gigantes, rayas sin sentido.

Conozco el lugar exacto por donde puedo deslizarme a través del hueco de una cerca, hasta llegar a las calles más animadas del centro donde me será fácil perderme. Mi deber es evitar que me lo quiten, y no me lo quitarán. Hoy soy la clave de nuestro futuro. Y, sobre todo, soy su cuidadora.

Al pasar la cerca, un alambre oxidado me rasguña la pierna haciéndome sangrar. La sangre aún roja, como la de ellos. Arde. Quema, mientras me recorre íntegramente.

Debo apresurarme: el aire se vuelve irrespirable y me persiguen unos ojos. Pensará que soy su enemiga; si pudiera me detendría. Ni mi piel, ni mi cabello, ni las risas compartidas podrían detener su deseo.

Un dolor agudo en el costado izquierdo me hace detener por un momento. Mientras, veo con detenimiento las viviendas que me rodean. Tienen cercas, ventanas con cortinas y algunas, hasta juegos para niños. Pero mi niño nunca conocerá nada de eso, y pronto olvidaré todo lo vivido.

Llego a la calle principal entre el ruido del tráfico y las luces de los negocios que permanecen abiertos.

Hace frío. Me subo las solapas del abrigo y apresuro el paso. Me atrevo a mirar atrás y siento un gran alivio. Nadie me sigue... creo que he logrado mi propósito. En la estación de servicio puedo tomar un bus que me llevará hasta el lugar del encuentro.

Mientras el vehículo atraviesa el pueblo y se interna en campo abierto, trato de recuperar la noción de lo que estoy haciendo. Al menos sé que él sigue dentro de mí, siento sus latidos.

Afuera está tan oscuro que pego mi cara a la ventana para poder ver. Equivocarme sería ruinoso. Pero un poco más adelante, iluminado por los faros delanteros, está el pilar con la marca: kilómetro 165.

Me cuesta un poco ponerme de pie, apretar el botón de la puerta trasera para que la abran. Todo depende de que pueda llegar hasta el bosquecito de álamos. Es el último esfuerzo.

Me bajo y camino rápido. Mis pensamientos se confunden: voces, idiomas. Mi piel falsa se borra y reaparecen mis escamas azules.

Mi forma también cambia, pero lo esencial permanece: el fruto que guarda lo humano y lo que todavía buscamos ser.

Adelante, una pequeña luz plateada se agita en señal de bienvenida y la nave zumba en una frecuencia audible solo para nuestros sentidos. Ya somos libres. Tomaremos el camino a casa, trazado entre las estrellas, en el seno mismo del cielo inmenso...


N. González Núñez (año 2015)

Ilustración: Crédito IA

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Gárgola


"Ojos ciegos que pueden ver sin vigilar" 


Desde el borde de una antigua iglesia sueño una ciudad de hierro con cúpulas torcidas.

Veo gente deambulando, riendo bajo tules descosidos, intentando escapar de la amenaza de un discurso.

No sé porque se sorprenden al admirar mi monstruosidad, si mis ojos ciegos no los vigilan.

Las lentejuelas brillan y se encienden un momento.

Después desaparecen detrás de los muros, como fuegos fatuos.




N. González Núñez

Enero 2026

Ilustración Crédito IA

Agradecimiento a Mariana Arocena

Licencia Commons

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Nocturno

 A veces, abrir la puerta es más arriesgado que salir...


Las farolas de la calle estaban encendidas; no sólo atraían a las polillas. Unos ojos atentos observaban la casa familiar. Esperaban, pero no salí. No prendí la luz de adentro. Al amanecer las farolas se apagaron y el niño se desvaneció. Me pregunto si esta noche volverás, y si me atreveré a prender la luz y abrirte la puerta.