“A veces,
hasta la dignidad puede ser cuestión de suerte.”
Poco después del almuerzo, la lluvia se puso a tamborilear como loca contra la ventana. Julián se preparó café para espantar la somnolencia; no quería dormir la siesta, ya se había cambiado para salir. Tenía que ir al pueblo a hacer la compra semanal y decidió esperar a que la lluvia aflojara.
Se sacó
las botas con un suspiro de satisfacción y las dejó cerca. Al hacerlo vio sus
calcetines agujereados, y se encogió de hombros. A quién le importaba.
Pero por
la ventana titilaba una lucecita entre los árboles del jardín.
Uf
—pensó. Qué fastidio, el extraterrestre otra vez.
Se
apresuró a sentarse, taza en mano, con los pies escondidos bajo la mesa.
Entró sin
golpear, como siempre, flotando ligeramente sobre el suelo. Su forma era más
una silueta que un cuerpo, con los ojos saltones de brillo oscuro. No hablaba
con palabras sino con un murmullo mental, que el hombre encontraba extenuante.
—¿Eso qué
es? —preguntó enseguida.
—Una
cuchara —contestó Julián en voz alta.
—¿Y para
qué sirve?
—Para
revolver el café y tomar líquidos. No tiene otro uso.
El visitante
dejó que su mirada recorriera la cocina.
—¿Y esto?
—Es un
colador. Para la pasta.
Parecía
obsesionado con lo doméstico. Ya había preguntado por el tostador, por el
sifón, por los repasadores.
La
paciencia de Julián se ponía a prueba con la ignorancia del otro. Ni siquiera
podía criticarlo. Si le contara a alguien… Lo negó con la cabeza ante un
interlocutor imaginario.
Así
pasaron algunos minutos. No quería pararse y dejar ver los calcetines rotos. Le
molestaba la inmovilidad; pero, sobre todo, sentirse exhibido como un
representante de la estúpida humanidad. Por algo vivía apartado del pueblo.
Entonces
se le ocurrió una idea. Tomó un sorbo de café y, mirando al intruso, le dijo
como al pasar:
—Allá
atrás hay una licuadora. ¿Ya la viste?
No era
una oportunidad que el visitante dejara pasar. Apenas se dio vuelta, Julián,
rapidísimo, se calzó las botas. Se sintió realmente encantado con su astucia.
En su mente sonó una risita sardónica, que no supo bien si le pertenecía a él.
Después
de escuchar las explicaciones sobre las funciones esenciales de la licuadora,
el visitante miró la puerta, su típica posición de partida. Generalmente ni
siquiera decía adiós.
Por fin,
pensó Julián, satisfecho por haber resuelto tan bien la situación.
Tomó otro
sorbo de café y fue entonces cuando escuchó el eco mental de la voz del otro:
—En el
aparador tenés hilo y aguja para coser los calcetines. O mejor, cuando vayas al
pueblo, comprate unos nuevos.
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