Estaba frente al patio vacío de la vieja fábrica. Escuchaba su
respiración tóxica a través de las chimeneas humeantes; me envolvió la
sensación ominosa que se desprendía del lugar. ¡Qué impresionable me había
vuelto! ¿Serían los días que se habían puesto tan grises, o las series de
misterio que consumía hasta la madrugada a causa del insomnio?
Ha pasado tiempo; no sé por qué estoy en este salón lleno de extraños
que se muerden las uñas, tienen la mirada perdida o se balancean de un lado a
otro. Un enfermero me alcanza un vaso de agua y una pastilla, que trago
dócilmente. Me lleva hasta una habitación en un pasillo muy iluminado. Aquí
sólo hay una cama, una pequeña mesa y muy arriba, un ventanuco.
Me recuesto hasta que los minutos y las horas se vuelven irreconocibles.
En flashes entrecortados puedo sentirme una vez más en el patio de la fábrica,
caminando hacia la entrada con una llave en la mano. Al llegar y abrir el
portón, veo cadáveres sobre el piso de cemento. Son cuerpos de obreros; nada
indica cual puede haber sido la causa de su muerte. Algunos tienen los ojos
abiertos y me estremezco cuando me miran. Sólo puedo huir ante el horror y
correr hasta perder el aliento y el sentido.
Me despierto cuando empieza a crecer la luz por el ventanuco. Los días
se han vuelto indistintos, pero igual me altero. Los flashes y el vacío se
alternan en mi cabeza; me producen dolor y escalofríos. A veces escucho mis
propios gritos resonando como un eco lejano.
Un día algo sucede. Sobre la puerta de mi habitación un cartel dice:
“Paciente OF” y recuerdo mi nombre. Aunque esté encerrado, sé que la fábrica
sigue allá afuera. Entra el enfermero y lo encaro: —¿Qué pasó con la fábrica? —
Antes de responder me da el vaso y la pastilla. Me mira con una mueca y sacude
la cabeza. —Ya debería saber que no hay fábrica—responde—Es usted.
Finjo tomar la pastilla. Cuando me quedo solo, la escupo y busco la
llave que guardé en la esquina descosida del colchón. La llave está fría. En
ella también están grabadas las letras “O.F”. Octavio Francese. Miro mis manos,
son cuidadas y blancas, no hablan de una vida de trabajo duro. Aun cuando he
ido haciendo ciertos descubrimientos, nada cambia. Todo se cierra sobre mí como
un candado. El sonido de las máquinas zumba en mi cabeza, el aire que se cuela
por el ventanuco huele a aceite rancio.
Otra vez estoy en la escena de la tragedia. Uno de los muertos me mira
fijamente y escucho su voz: “No tenés perdón”. Al abrir los ojos, empapado en sudor,
veo entrar al enfermero y la imagen se deshace. La conversación es trivial,
pero lo oigo decir claramente: “Ahora la fábrica es un shopping”.
Abro la boca para tragarme todo el aire. Tal vez fui testigo. Tal vez
culpable. Si pudiera recordar… Cada vez que creo acercarme a la verdad, mi
mente se nubla, las voces se mezclan y el ciclo comienza una vez más: el patio,
la llave, los muertos… No sé si algún día saldré de aquí, si la fábrica sigue
allá afuera o sólo soy yo, como repite cada enfermero. Y aunque no me sirva de
nada aferrarme, lo único que siento real, es el frío del metal que cada día y
cada noche encierro en mi mano.
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